Historia y Sede

La sala de Plenos del Consejo de Estado está presidida por un Tiziano en el que Carlos V posa, enseñoreado, con su perro (una excelente copia del original que conserva el Museo del Prado). «El César», como algunos llamaban a Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico, fue el creador del Consejo de Estado según el consenso mayoritario. El nieto de los Reyes Católicos siguió la pauta de sus abuelos maternos y fundó el que hoy es el supremo órgano consultivo en 1526.

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Historia del Consejo de Estado

Pero ¿por qué se crea el Consejo de Estado en el siglo XVI si ya existían varios consejos consultivos? La intención era muy clara: se necesitaba un órgano que, con visión de conjunto, se ocupase de los asuntos que afectaban a todo el Reino, especialmente en materia de política exterior. Los antiguos Consejos de Castilla, de Aragón, de Indias, de Hacienda, de las Órdenes… tenían serias limitaciones territoriales o temáticas. Urgía una visión global de la realidad. Una capacidad que sigue siendo ‘marca de la casa’.

Así, durante el reinado de Carlos V, el Consejo de Estado constituyó el órgano central de toda la monarquía. Estaba compuesto principalmente por nobles y prelados de alto rango y discernía sobre cuestiones variadas, pero, a diferencia de otros consejos, su función era puramente consultiva. Y así se mantiene.

Esta visión global de Carlos I no parece que fuese heredada por sus sucesores. El Consejo perdió importancia durante los reinados de Felipe III y de Felipe IV, a consecuencia de la influencia y ansias de poder de sus validos (uno de ellos, el Duque de Uceda, fue el que mandó construir la actual sede del Consejo de Estado, el Palacio de Uceda, como residencia propia, aunque jamás llegó a habitarlo). Al morir Felipe IV, su sucesor, Carlos II, todavía era menor de edad. La regencia correspondió a su madre, la reina Mariana de Austria (que moriría en el edificio que ahora es sede del Consejo). En esa época, el Consejo resurgió.

A partir de aquí, los altibajos son constantes, sucediéndose épocas en las que el Consejo se veía relegado a un segundo o tercer plano (Felipe V, Fernando VI y Carlos III; la época de Godoy, en los albores del siglo XIX…) y épocas en las que era recuperado o incluso gozaba de un importante protagonismo. Como el decenio de 1858 a 1868, la ‘edad de oro’ del Consejo, tanto por la importancia de las materias sometidas a su consulta como por la doctrina creada en materia administrativa.

Durante este periodo se producen dos hechos importantes: la aprobación de la primera Ley Orgánica del Consejo de Estado (1860), definiéndolo como el Cuerpo supremo consultivo del Gobierno en, por ejemplo, asuntos de gobierno y administración; y la redacción de su Reglamento Orgánico (1861), que marcaría la pauta de todos los que se han aprobado posteriormente.

Desde esa ‘edad de oro’ hasta la actualidad, el Consejo ha navegado en aguas calmas o en turbulentas tormentas, según el devenir histórico de nuestro país. Fluctuant nec mergitur, fluctúa, pero no se hunde. Esta locución latina, lema de la ciudad de París, por cierto, describe perfectamente el largo viaje de casi cinco siglos que ha realizado el Consejo de Estado.

Hasta que llegamos a la restauración de la democracia tras el golpe de Estado que derivó en tres años de Guerra Civil y cuatro décadas de dictadura. La Constitución de 27 de diciembre de 1978 contempla en su artículo 107, por fin, al Consejo de Estado. Y lo configura como el supremo órgano consultivo del Gobierno remitiendo para la regulación de su composición y competencias a la Ley Orgánica 3/1980, de 22 de abril.

El Palacio de los Consejos, sede del Consejo de Estado, situado en la privilegiada esquina que hoy en día conforman la calle Mayor con la calle Bailén en Madrid, fue mandado construir por el Duque de Uceda, don Cristóbal Gómez de Sandoval , valido del rey Felipe III. Estamos a principios del siglo XVII y don Cristóbal, hijo del Duque de Lerma (que también había sido favorito del Rey) quiere mostrar con su palacio todo el esplendor de su familia, aunque sería por poco tiempo.
Pero en el sobrio y pueblerino Madrid de 1613 (año en el que se inició la construcción del edificio) el Palacio de Uceda, con las armas de la familia Sandoval flanqueadas por leones rampantes, era pura ostentación. Una ostentación, que, al decir de la época, le pasó factura al Duque: nunca llegó a habitarla. Don Cristóbal, a la muerte de Felipe III, fue perdiendo influencia frente al Conde-Duque de Olivares . Un complejo proceso le llevó, finalmente, preso en Alcalá de Henares donde murió en 1635. El mismísimo Quevedo sentenció que el palacio fue para su dueño «distraimiento de su hacienda y descrédito de su gusto». Al cabo de un tiempo, el edificio pasó a manos de la Corona.
A pesar de todas las vicisitudes, el palacio, de traza barroca, fue terminado en 1625 conforme al proyecto atribuido a Juan Gómez Mora, Arquitecto Mayor del Rey y autor de algunas obras tan destacadas como la Casa de la Villa, a cuatro pasos del Consejo de Estado. La ejecución del proyecto se encomendó al capitán Alonso de Turrillo.

Los Uceda jamás vivieron en ‘su’ palacio, pero otros moradores importantes han pasado por sus estancias. Como doña Mariana de Austria, la reina desdichada , segunda esposa de Felipe IV y reina regente durante la minoría de edad del último Austria, Carlos II. Mariana de Austria, como recuerda una placa en la fachada del Consejo, murió en el palacio en 1696.

Felipe V, primer rey Borbón, dispuso por Real Decreto de 20 de enero de 1717 el traslado de todos los Consejos al Palacio de Uceda. De todos, excepto precisamente el Consejo de Estado, que siguió reuniéndose en el Real Alcázar, residencia de la familia real.

No fue hasta mediados del siglo XIX que el Consejo de Estado se trasladó a su sede actual. Poco después, una parte del palacio fue ocupada hasta día de hoy por el Ejército, primero por la Capitanía General de Madrid y actualmente por la Jefatura de la Dirección de Acuartelamiento. Hoy, el Palacio de Uceda pertenece a Patrimonio del Estado, quien cede su uso al Consejo de Estado y al Ministerio de Defensa.

Arquitectónicamente, es un excelente ejemplo de las construcciones palaciegas del Madrid del siglo XVII. De planta rectangular, está distribuida en torno a dos patios interiores de distinto tamaño. Y como consecuencia del desnivel del terreno que ocupa, su fachada delantera (calle Mayor) se divide en tres plantas, mientras que la trasera lo hace en cinco.

El Madrid de principios del siglo XVII se estructuraba sobre el eje de la calle Mayor, en torno al cual se repartía un pobre caserío en un entramado de callejuelas, rincones y plazuelas irregulares. Con el tiempo, se ejecutaron numerosas obras nuevas, ajenas a cualquier tipo de normativa previa.

En este entorno se alzó, imponente y excepcional, el palacio mandado construir por el Duque de Uceda, valido de Felipe III y primogénito del Duque de Lerma.

El Palacio de los Uceda estuvo ocupado siempre por grandes personalidades de la Corte, desde el Marqués del Carpio a la Princesa de los Ursinos. Y en él terminó sus días la Reina Mariana de Austria, esposa de Felipe IV.

En 1710, se establecen en él los Reales Consejos y otras oficinas reales cuya sede había sido el Palacio Real, convirtiéndose por tanto en edificio oficial.

 

Paloma Jiménez Buendía

Jefa de Servicio de Archivo y Biblioteca